"Creo que hay gente vampira. Personas que se alimentan de la vida de los demás porque la suya es aburrida"
Entrevista realizada por Gregorio Belinchón
Cocinitas. Su especialidad es el cruasán de espinacas. Actriz. Sus ojos son sus mejores armas. Elena Anaya da el salto a Hollywood con ‘Van Helsing’, una de monstruos. Ella es el mejor efecto especial.
Tras cinco horas de sesión fotográfica, Elena Anaya se sincera muy a regañadientes. Eso sí, hablar de cocina la reanima. Está cansada. Lleva pocos días en España, debe volver a Estados Unidos para promocionar Van Helsing, una megaproducción de Hollywood —cerca de cien millones de euros de presupuesto— con vampiros, hombres-lobo y frankensteins, y protagonizada por Hugh Jackman y Kate Beckinsale.
Se estrena en todo el mundo el 7 de mayo.
Para la actriz, tras el trampolín a la fama indie que supuso su niñera obsesa en Lucía y el sexo (“en los dos últimos años, todo el que me quería contratar era porque había visto el filme de Medem”), Van Helsing le otorgará la fama en las multisalas de todo el mundo.
Anaya es una de las tres novias —la que más sale en pantalla— de un Drácula interpretado por Richard Roxburgh (Moulin Rouge). “Llevo casi dos años fuera de casa”, exclama quejumbrosa. Encima, ha tenido algún rifirrafe periodístico del que ha salido magullada.
Pero el cruasán de espinacas saca chispas de unos ojos que impresionan. Son inmensos. El izquierdo es marrón y el derecho, verde. Se le comen el rostro. Aplastan al resto de su cuerpo. De su mirada emana magnetismo. También le sirve para espiar. Su pareja, el también actor Gustavo Salmerón, comenta que a Anaya le encanta observar a la gente e inventarse sus historias.
- No, inventarme no. Pero es verdad que me gusta mucho ver a la gente, ir en el metro y analizarles. Personas reales, currantes que vienen cansados de la obra o de la oficina. Espío sus posturas, sus manos, su ropa… Me sirve para componer personajes
- Los papeles difíciles, ¿hacen que crezcas o te chupan la vida?
- Siempre aportan. Yo recreo experiencias ficticias basándome en hechos reales y en cosas interiores propias que salen de aquí [se señala el corazón]. Es mi único instrumento. Siempre quise ser actriz. En realidad, siempre quise contar historias a la gente. A mí me interesa ayudar a los directores a poner en pie su guión con mi actuación. Al principio no sabía cómo iba a hacerlo, si a través del teatro o del cine. Bueno, del cine no. Me parecía algo muy lejano y más viviendo en Palencia. Decidí mudarme a Madrid, a intentar el salto, tras repetir COU [también había hecho dos veces octavo de EGB] en un instituto nocturno. En ese año me pasaron cosas personales muy bonitas [se niega a concretarlas].
- En septiembre de 1996, con 21 años cumplidos ese verano, Anaya llega a la capital. En la primera semana hace las pruebas para la RESAD (la Real Escuela de Arte Dramático), la pilla la representante Katrina Bayonas y la contratan para su primera película, África.
- Engañé al director Alfonso Ungría con mi edad. Buscaban a alguien de 17 años. Se dio cuenta cuando firmé el contrato, porque si era menor de edad necesitaba el consentimiento de mis padres. Me dijo: “Me la has metido. Engañarás igual a los espectadores. Pero no se lo digas a Zoe Berriatúa [el coprotagonista del filme]”. Construí el misterio de mi personaje y encima me inventé hasta mi propia vida.
Comienza su carrera de contadora de historias… y de rechazadora de filmes. Anaya es conocida por las veces que ha dicho no. En nueve años ha rodado 18 películas. Podían haber sido el doble. Es capaz de currar el año pasado en Stage kiss, un filme tan indie que sólo eran tres en el rodaje en Los Ángeles (los dos protagonistas y el director con una cámara digital), y, en cambio, rechazar varios proyectos en Hollywood. “No me interesa ser protagonista sino hacer buenos guiones”. Acabada África, rehusó una posible segunda película, siguió estudiando, la cogieron para Familia, la echaron de la RESAD por faltar a clase (“Estaba rodando con Fernando León y eso era impagable”) y en verano de 1997 se fue a vender artesanía —“pasadores, pendientes”— por la costa mediterránea. “Saqué muchas experiencias fijándome en la gente”.
- ¿Tanto te importa lo que te rodea?
- Claro, no entiendo a los artistas que sólo cuentan historias egocéntricas. Hay que contar lo que le pasa a la gente que te rodea. Estamos en un momento de crisis planetaria. Yo, al menos, me deprimo viendo los telediarios.
- Cuando en septiembre del año pasado regresó a Madrid tras un año fuera —primero, rodaje de Stage kiss, después, tres meses en Praga y otros tres en Los Ángeles para hacer Van Helsing y finalmente, doblaje de muchas secuencias de esta megaproducción—, comentó que la situación española le parecía un asco. En aquel momento se proyectaba en el festival de San Sebastián el documental La pelota vasca, de Julio Medem, uno de sus mejores amigos desde que trabajaron juntos en Lucía y el sexo.
- Fue patético. Me dio mucha pena. Y rabia. Me pareció un comportamiento fascista por parte del Gobierno del PP y de la asociación Víctimas del Terrorismo, que fueron a la puerta de los Goya a gritar. Y sin haber visto La pelota vasca. Era fundamental que se hiciera un documental sobre ETA y hace falta tanto diálogo… Convertirte en víctima del terrorismo es lo peor que te puede pasar. Hay que darles mucho cariño… pero no deberían haber atacado de esa manera a Julio.
- ¿Han cambiado las cosas?
- Han ido a peor. Yo me fuí a Londres en otoño a rodar un thriller, Dead fish, con Gary Oldman. Luego, otra vez al doblaje de Van Helsing, y cuando volví a Madrid, el atentado del 11-M, sangre por sangre… Todo mucho peor. Aluciné. El viernes 12, en la manifestación, me acojoné. Iba con la pancarta de Plataforma de Cultura contra la Guerra, pero como no decíamos “No a ETA” sino “¿Quién ha sido?”, tuvimos bronca con algunos manifestantes. Me levanté el sábado y pensé en irme con un cartel a la Puerta del Sol a protestar. Cuando empezaron a llegarme los mensajes SMS de la concentración en Génova a las cuatro y media, fuimos para allá. Y acabamos 16 horas después. Llegué a mi casa a las seis de la mañana. Queda claro que no soy de derechas.
- Tienes una chapa que pone “Stop Bush”. ¿La llevaste en el rodaje de Van Helsing?
- Sí, pero en aquella época [primavera de de 2003] era imposible hablar de política. Ahora es cuando se puede comentar algo en Estados Unidos sobre la guerra de Irak. En Praga los productores estaban acojonados y decían que si empezaba la guerra, nos íbamos corriendo para que no le pasara nada a nadie. Para ellos es lo mismo España, Irak o la República Checa.
- En Van Helsing has cumplido un sueño: volar.
- Es una ilusión que tenía desde los tres años. Soñaba que iba por la calle, cogía carrerilla y ¡up!, a volar. Todos los niños lo hemos pensado alguna vez. Pero sí, sí, me gustaba… Aunque en Palencia vivía en un noveno, mi madre nunca se alarmó [risas]. Jamás se me hubiera ocurrido saltar.
- Y el primer día de rodaje en Praga, colgada de un arnés, enganchada a una grúa gigante y sobrevolando el puente de San Carlos, ¿no te arrepentiste?
- No, era un equipo superpreparado. Había 50 personas para hacerme volar ese día. Peor eran los 12 grados bajo cero, las lentillas, las orejas de látex con las que no oía bien, las uñas larguísimas que no me dejaban agarrarme. Me gusta mucho volar y ahora que lo he hecho de verdad me parece fascinante.
- También estás pillada por el submarinismo.
- Me encanta, pero claro, vivimos [Salmerón y ella] en Madrid en una buhardilla en la plaza Mayor. Hace mucho que no lo practico. Me flipa, tienes la sensación de que vuelas y tú controlas. Me gusta escaparme. Volar es escaparme. Y estar a 40 metros de profundidad en el mar es como esconderte. Lo mismo.
- Su inglés le ha permitido una carrera internacional.
- A los 15 años me fui a Inglaterra de intercambio a un pueblecito cercano a Sheffield. Me tocó un horror de familia y me solté porque me tuve que espabilar. Después mejoré en los viajes porque de turismo no piensas, sólo hablas, te comunicas, subes a un autobús....
- Has compartido profesor de inglés con Penélope Cruz.
- ¿Patricio Muñoz? Sí, pero es que Penélope ha tenido todos los profesores del mundo… Muchísimos.
El rodaje de Van Helsing no será la despedida de España de Elena. “Espero seguir compaginando rodajes”. Agustín Díaz Yanes comenzará el 24 de enero a rodar Alatriste. En el reparto estarán, entre otros, Viggo Mortensen, Gael García Bernal y Anaya.
Entre risas, el director comenta: “Seguro que Elena no llega al rodaje. Me la quitará Spielberg o alguno así”. Anaya responde seria: “No, yo quiero hacer esa peli como sea. Me fascina el guión. Si hay algún imprevisto, arreglaremos las fechas”. La actriz da vida a Angélica de Alquézar, una mujer astuta que se mueve por la corrompida corte española del siglo XVI como pez en el agua.
- Hasta el 24 de enero, ¿qué vas a rodar?
- Puede que nada. O a lo mejor algo fuera
El secreto reconquista la charla. Al final comenta que su contrato contempla la posibilidad de dos continuaciones de Van Helsing si tiene éxito la original. Ése es el enemigo de Alatriste.
- Te mueven los buenos guiones. El de Van Helsing, ¿lo es?
- Tiene bastante mejor guión de lo esperable. Yo no había visto las pelis anteriores del director [Stephen Sommers, responsable de La momia o Misterio en las profundidades]. Me sorprendió el libreto. [Reflexiona]. No me dejan contar mucho. Mi personaje, Aleera, es la novia de Drácula. Es una monstruo que sin embargo se mueve por motivaciones muy humanas. Me gustaba que ni los buenos, como Van Helsing, eran tan puros, ni los malos tan malvados. Odio las películas en las que los malos son Irak, tipos sin sentimientos, y los buenos son Bush y su Ejército: guapos y sensibles.
- ¿Es verdad que no conocías de nombre a la pareja protagonista?
- Pues no. Nunca había ido a un filme de Hugh Jackman (X-men) o Kate Beckinsale (Pearl Harbor). Había visto a Richard Roxburgh en Moulin Rouge, pero me enteré dos semanas antes del rodaje de que estaba en el reparto. Es un actorazo. Juntos hemos creado esa parte animal de los vampiros. Por ejemplo, no se besan como un hombre y una mujer.
- ¿Cómo se besan?
- No puedo contarlo. Es algo animal. Son propuestas que le hicimos al director.
- ¿Y qué tal Jackman?
- Impresionante, aunque no trabajé mucho con él. En mi segundo día de rodaje completamos con mis primeros planos la secuencia del puente. Cinco y media de la mañana. Nevaba. Pensé: “Para darme la réplica fuera de cámara pondrán a un técnico”. Y, sin embargo, apareció Hugh. Hablamos de un tío que rodó todos los días más de doce horas durante seis meses.
- ¿Te gustan las pelis de vampiros?
- Siempre me han atraído. Creo que hay gente vampira. Personas que se alimentan de la vida de los demás porque la suya es aburrida. Otros te roban energía.
- Su último director en España, Juan Martínez Moreno, recuerda que aceptó a la primera, con sólo leer el guión, Dos tipos duros. Y que en el último día de rodaje, la actriz apareció con “unas empanadas rellenas riquísimas”.
- Tenían dátiles, queso y bacón.
- ¿Tu última receta?
- Anoche hice una que me pasó Candela Peña de su madre. Sopa con espárragos verdes. Al espárrago triguero le quitas la parte de atrás. Corta bien, que es mejor pasarse. En un cacerola los pones troceados, los hierves, añades un huevo sin removerlo, casi escalfado, salpimentas, y al final echas un chorro de aceite crudo y algo de vinagre. Una buena sopa para entonarte.